COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
4.5. III Y IV CONGRESO DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA
Esta línea coherente de intervención múltiple dio sus frutos y hasta estuvo a punto de excederse en lo opuesto, en el control burocrático de los sindicatos ganados a la lucha revolucionaria. Por eso, y para evitar ese riesgo, en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en junio de 1921, se advierte que: "El objetivo no consiste de ningún modo en que los sindicatos estén sometidos mecánica y exteriormente al Partido y renuncien a la autonomía que deriva necesariamente del carácter de su acción, sino en que los elementos verdaderamente revolucionarios reunidos en el Partido comunista impriman, en el marco mismo de los sindicatos, una tendencia que responda a los intereses comunes del proletariado, en lucha por la conquista del poder".
La base programática de este principio de respeto a la autonomía sindical es la misma base teórica general que se sustenta en el principio de que el "alma" del marxismo es el análisis concreto de la realidad concreta. Las organizaciones revolucionarias deben ser conscientes de que el sindicalismo nace en y responde a una realidad concreta, y por tanto, no sólo debe respetarse su operatividad concreta en sí misma, sino además, debe saberse que cualquier intento de anular esa autonomía, esa concreción, más pronto que tarde será la causa del desastre, de la derrota, del aislamiento y de la marginación.
Pero este mismo principio elemental lo aplica el Tercer Congreso a la forma de organización: "No puede haber una forma de organización inmutable y absolutamente conveniente para todos los partidos comunistas. Las condiciones de lucha proletaria se transforman incesantemente y, conforme a esas transformaciones, las organizaciones de vanguardia del proletariado deben buscar también contantemente nuevas formas más convenientes. Las particularidades históricas de cada país determinan a su vez formas especiales de organización para los diferentes partidos".
Aunque el texto no explica cómo hay que entender "las particularidades históricas de cada país", por la coherencia de lo analizado hasta aquí podemos entender el conjunto de factores identitarios, nacionales, económicos, políticos, sociales, culturales, lingüísticos, tradicionales, etc., de cada pueblo que emergiendo de su pasado bullen en el presente del desarrollo desigual y combinado del capitalismo. Entramos así de lleno en la dialéctica de lo general y de lo particular, de lo esencial y de lo accesorio, de lo común y de lo diferente a todas las organizaciones revolucionarias.
Según el Tercer Congreso, les une y les identifica "construir una organización que posibilite la victoria de la revolución proletaria sobre las clases poseedoras y que la consolide". Partiendo de aquí, y aceptando las particularidades históricas, la III Internacional afirma que:
"La acción directa de las masas revolucionarias y de sus organizaciones contra el capital constituye la base de la táctica sindical. Todas las conquistas obreras están en relación con la acción directa y la presión revolucionaria de las masas. Por "acción directa", debe entenderse toda clase de presiones directas ejercidas por los obreros sobre los patronos y sobre los Estados: boicot, huelga, acciones callejeras, demostraciones, ocupaciones de fábricas, oposición violenta a la salida de los productos de esas empresas, sublevación armada y otras acciones revolucionarias, adecuadas para unir a la clase obrera en la lucha por el socialismo. La tarea de los sindicatos revolucionarios consiste, por lo tanto, en hacer de la acción directa una medio de educar y de preparar a las masas obreras para la lucha por la revolución social y la dictadura del proletariado".
Debemos recordar que estas tesis están escritas en unos años en los que la lucha de clases se practica en su forma más dura y decisiva, por eso, la Internacional Comunista sostiene que: "En la época de la revolución proletaria, las cooperativas revolucionarias deben proponerse dos objetivos: a) ayudar a los trabajadores en su lucha por la conquista del poder político; b) en los lugares donde el poder ha sido conquistado, ayudar a los trabajadores a organizar la sociedad socialista".
Como nos hemos detenido un poco en las ideas de Lenin sobre el cooperativismo, sí vemos necesario citar este consejo del de la III Internacional para después de la victoria revolucionaria: "Las cooperativas de producción agruparán a los pequeños productores en talleres o grandes explotaciones comunes que permitan la aplicación de máquinas y de procedimientos técnicos perfeccionados, Darán así a la pequeña producción la base técnica que permitirá organizar sobre ese fundamento la producción socialista y que liberará a los pequeños productores de su mentalidad individualista para desarrollar en ellos el espíritu colectivista".
Pero, además de lo anterior, sí queremos detenernos un instante en la Resolución este Tercer Congreso, que además de decidir la "formación de una sección cooperativa" encargada de impulsar y realizar los objetivos aprobados, también resuelve en el cuarto punto: "Favorecer el establecimiento de relaciones comerciales y financieras internacionales entre cooperativas obreras y organizar su producción común".
Pensamos que este objetivo tiene una importancia clave y estratégica porque, de un lado, ataca al monopolio capitalista --imperialista-- de la producción, mercado y finanzas mundiales al potencial una producción, comercio y financiación cooperativa socialista, es decir, que no se basa en la explotación y que busca acelerar la extinción histórica de la ley del valor-.trabajo; de otro lado, afirmar que es necesario y posible este cooperativismo socialista en contra del cooperativismo burgués, capitalista, que se beneficia de la explotación de los pueblos trabajadores, y, de final, afirma que se puede y debe establecer una producción internacional común cooperativa, lo que significa presentar al mundo entero un ejemplo material de internacionalismo proletario activo desde fuera y directamente opuesto al centro nuclear del imperialismo capitalista.
Una característica de los textos de los tres primeros Congresos de la Internacional Comunista es que están centrados consciente y deliberadamente en la dialéctica entre la acción y el pensamiento, la práctica y la teoría, la mano y el cerebro. En todo momento, desde la primera hasta la última letra, la interconexión entre la acción y la palabra aparece nítidamente expuesta; y en todo momento se advierte que el triunfo o la derrota de la revolución depende, básicamente, de esa correcta dialéctica. Por eso, cuando el Cuarto Congreso se inicia en noviembre de 1922 en medio de la ofensiva burguesa internacional que toma la forma de fascismo brutal y sangriento, la Internacional Comunista, replantea autocríticamente su práctica anterior y, así, además de descubrir las causas de las derrotas y estancamiento, puede mejorar sus programas de acción. Por eso, tras volver a valorar negativamente el comportamiento del sindicalismo, insiste en que:
"La lucha contra la ofensiva del capital y por el control de la producción no tiene posibilidades de triunfo si los comunistas no disponen de apoyaturas sólidas en todas las empresas y si el proletariado no sabe crear sus propios organismos proletarios de combate en las empresas (comités de fábrica, consejos obreros)".
La ofensiva burguesa internacional y muy especialmente el fascismo, había contado con la ventaja de la manipulación reaccionaria de los sentimientos nacionales, pese a los esfuerzos cada vez más sistemáticos y lúcidos de la Internacional Comunista para ganar también en esa decisiva batalla. Recordemos lo anteriormente visto sobre las "particularidades históricas de cada país". Pues bien, tras las amargas experiencia de un año y medio, de verano de 1921 a invierno de 1922, el Cuarto Congreso insiste ni más ni menos que en la "Resolución Sobre El Programa De La Internacional Comunista" que: "En el programa general deben estar claramente enunciados los tipos históricos fundamentales en que se dividen las reivindicaciones transitorias de las secciones nacionales, conforme a las diferencias esenciales de estructuras económica y política de los diversos países, como por ejemplo Inglaterra por una parte, India por la otra, etc.".
La lucha de clases en esos últimos tiempos ha enseñado la extrema importancia de las particularidades históricas de cada país, demostrando que existen "diferencias esenciales de estructuras económica y política" entre los diversos países, replanteándose cuarenta años después reflexiones de la misma índole que las Marx. Desde la perspectiva de este texto, no se trata de una mera coincidencia fortuita y casual, sino de la constatación de un problema de fondo, estructural, al modo de producción capitalista y, por tanto, genéticamente imbricado en las particularidades concretas de la lucha de clases.
De igual modo, la ofensiva capitalista ha generado una ideología interclasista que rescata los viejos tópicos del cooperativismo reformista. El Cuarto Congreso, por tanto, reafirma:
"La necesidad urgente de que todos los partidos comunistas pongan en práctica la resolución que impulsa a todos los miembros del partido a ser miembros de las cooperativas y a defender en ellas la línea de conducta comunista. En cada organización cooperativa, los cooperadores comunistas deben formar una célula, ya sea legal o clandestina (...) Pero los cooperadores comunistas no deben tratar de aislar a los cooperadores revolucionarios o que pertenecen a la oposición, pues esta forma de proceder provocaría no sólo el desgaste de sus fuerzas, sino también el debilitamiento del contacto de los cooperadores revolucionarios con las amplias masas obreras".
La Internacional Comunista ha detectado un retroceso en la formación teórico-política del movimiento obrero en lo que respecta a los clásicos problemas que se arrastran desde el siglo XIX e insta a su militancia a: "una enérgica lucha contra la creencia de que la cooperación podría solamente con sus fuerzas acceder al régimen socialista mediante una lenta incorporación en el capitalismo, sin la toma del poder por el proletariado". Más aún, propone una acción puramente cooperativa tendiente a lograr:
"la unión de las pequeñas sociedades de consumo, la renuncia a los viejos principios de la distribución de las bonificaciones, de los beneficios y el empleo de estos últimos en el fortalecimiento del pode de la cooperación, la creación por medio de estos beneficios de un fondo especial de ayuda los huelguistas, la defensa de los intereses de los empleados de las cooperativas, la lucha contra los créditos de los bancos que puedan ser peligrosos par ala cooperativa (...) Es preciso iniciar en las cooperativas una enérgica lucha contra la burocracia que, encubriéndose con consignas democráticas, hizo del principio democrático una consigna vacía, maniobra a voluntad sin estar sometida a ningún control, evita convocar a asambleas generales e ignora a las masas obreras organizadas en esas cooperativas. Finalmente, es indispensable que las células de los cooperadores comunistas incluyan a sus miembros, sin exceptuar a las mujeres, en los comités de dirección y en los órganos de control y que adopten medidas para proveer a los comunistas de los conocimientos y aptitudes indispensables en la dirección de las cooperativas".
4.6. REFORMISMO, BUROCRATIZACIÓN Y RETROCESO
Desgraciadamente, y por razones que no podemos exponer aquí, tras el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista se inició un complejo proceso de estancamientos, retrocesos y bruscos virajes oportunistas que impulsaron el aumento del poder de la burocracia en el Quinto Congreso en 1924, de forma manifiesta en el Sexto de 1928, y de forma absoluta en el Séptimo de 1935, último Congreso de la III Internacional, antes de ser disuelta en la II Guerra Mundial. El tema que tratamos fue extinguiéndose paulatinamente, y cuando tuvo un momento de aparente recuperación, como en el Sexto al recordar las tesis de salto posible de los países "atrasados" al socialismo, como veremos el caso de América Latina, pese a esto, lo cierto es que esa posibilidad estaba dentro de la supeditación definitiva de todo el proceso revolucionario mundial a los intereses de la URSS, cosa inadmisible en los cuatro primeros congresos.
Un ejemplo trágico y estremecedor de semejante retroceso lo tenemos, entre otros muchos, en la suerte de A. Nin, marxista catalán que en 1932 publicó el imprescindible librito "Los soviets", una obra maestra de divulgación básica de los logros de esta forma de democracia socialista, y que fue detenido, torturado y asesinado por los stalinistas en verano de 1937, por su crítica a la línea burguesa del PC español. Nin corrió la suerte de miles de cualificados revolucionarios que no claudicaron ante la burocratización y degeneración de la URSS. Actualmente están a disposición de los investigadores parte de los archivos antes secretos del stalinismo en aquellos años. Arch Getty y Naumov han investigado la lógica del terror entre 1932 -1939 permitiendo contextualizar la coyuntura en la que fue "desaparecido" el autor de "Los soviets", en medio de la ascensión al poder absoluto de Stalin y de la destrucción de la democracia socialista.
Conviene decir que si tomamos a Lenin como unidad de medida de la importancia del proceso que va de la ayuda mutua a la autogestion socialista pasando por el cooperativismo y el consejismo, si hacemos esto y lo comparamos con Stalin, vemos que el georgiano no presta ninguna atención teórica y practica a dicho proceso. En los XV volúmenes de las obras de Stalin, cuyo punto culminante es 1939, exceptuando la obra sobre lingüística de 1950 y la de 1952 sobre los problemas económicos del socialismo, durante todos estos años no aparece en absoluto algo parecido a la consciente preocupación teórica y practica de Lenin sobre el problema que tratamos. No es una casualidad. La ausencia de esa problemática decisiva en la obra teórica de Stalin refleja, en primer lugar, el desprecio de este revolucionario por, entre otros, uno de los puntos cruciales del marxismo y, en segundo lugar, los avatares de la historia soviética, el ascenso de una casta burocrática que ni quería ni podía aplicar la consigna leninista de "todo el poder a los soviets", sino al contrario, necesitaba supeditar los soviets al Estado "socialista". La obra de Stalin es resultado de esta evolución global y no su causa, aunque en cuestiones puntuales justifico y hasta alentó el exterminio del poder soviético.
Llegados a este punto, es necesario hacer una comparación directa entre la forma de funcionar vitalmente de la burocracia stalinista y la de Marx y Engels. A finales de 1876 Marx incomodado por las presiones de Wilhelm Blos para que aumanetase la popularidad y la fama de ambos amigos, le respondió que: "No soy una persona amargada, como decía Heine, y Engels es como yo. No nos gusta nada la popularidad. Una prueba de ello, por dar un ejemplo, es que durante la época de la Internacional, a causa de mi aversión por todo lo que significaba culto al individuo, nunca admití las numerosas muestras de gratitud procedentes de mi viejo país, a pesar de que se me instó para que las recibiera públicamente. Siempre contesté, lo mismo ayer que hoy, con una negativa categórica. Cuando nos incorporamos a la Liga de los Comunistas, entonces clandestina, lo hicimos con la condición de que todo lo que significara sustentar sentimientos irracionales respecto a la autoridad sería eliminado de los estatutos".
Estas palabras, que concuerdan plenamente con la vida de Marx y Engels, no son sino una de tantas formas de expresión de una teoría global en la que dialéctica entre lo colectivo y lo individual se desenvuelve dentro de un respeto escrupuloso hacia la democracia socialista y el poder obrero que se materializó prácticamente en la Comuna de París de 1871, pese a sus limitaciones. Es imposible negar la identidad esencial común entre estas palabras y las formas consejistas y soviéticas de autoorganización de las masas oprimidas. Tampoco se puede negar su irreconciliabilidad total con respecto a la burocracia stalinista, aunque se intente dulcificar su degeneración con el eufemismo de "culto a la personalidad" utilizado por la burocracia tras la muerte de Stalin para justificar lo sucedido.
Para concluir, y cogiendo como referencia a un autor nada sospechoso de radicalismo consejista, sino a lo sumo de un eurocomunismo duro al menos cuando redacto lo que sigue, en 1975, citamos a F. Fernández Buey en su prólogo a "Antonio Gramsci y Amadeo Bordiga. Debate sobre los consejos de fábrica", obra que recoge una parte pequeña pero significativa de la discusión internacional al respecto:
"Aun dentro de su diversidad los consejos obreros de esos años compartieron una serie de notas características que pueden hallarse en las distintas versiones de los mismos. Esas notas son, en lo esencial, las siguientes: 1.ª La práctica de la democracia directa entre los trabajadores, concretada en la elección directa de los delegados o representantes obreros en asambleas de taller y de fábrica; 2.ª La afirmación del principio de revocabilidad constante de los mandatos o delegaciones como forma de oposición a la burocratización y al caciquismo; 3.ª El intento de superación de la división existente entre los diferentes niveles y categorías de la producción; 4.ª Consecuentemente, la superación de la organización obrera por los oficios como forma de sindicación anticuada y no correspondiente al nivel de desarrollo y organización de las fuerzas productivas en el capitalismo; 5.ª La afirmación de la primacía de la lucha en la fábrica y, por consiguiente, de la necesidad de que la dirección de la lucha obrera estuviera en la fábrica misma; 6.ª El intento de demostrar la viabilidad de la gestión obrera de la producción en la fábrica prescindiendo de los capitalistas propietarios de los medios de producción".
No tenemos nada en contra de esta lista, pues es cierta, aunque le faltan como mínimo, dos puntos más que son imprescindibles para comprender en verdadero sentido y alcance de los consejos o soviets, y que nos remiten tanto a su política defensiva como a su política ofensiva. En la primera, ya en noviembre de 1921 D. Losovsky insistía en su "La internacional sindical roja" en la necesidad las organizaciones obreras de autodefensa:
"Los destacamentos de huelguistas que deben crear las organizaciones sindicales para defenderse frente a los ataques de todo tipo de las bandas contrarrevolucionarias y de esquiroles, han de realizar toda una serie de tareas prácticas y concretas en el transcurso de los conflictos sociales. Distribuir centinelas y piquetes, como se practica en muchos países para realizar la propaganda y la agitación entre los esquiroles, resulta insuficiente; es necesario ir más allá; estos piquetes de huelga deben impedir la llegada de materias primas a las empresas durante la huelga, o de productos manufacturados, y la salida de mercancías fabricadas. Los empresarios intentan desencadenar la ofensiva contra los obreros cuando cuentan con determinadas reservas de productos o cuando pueden asegurar la fabricación de estos productos en otras empresas. En este terreno impera la unidad total entre los patronos. Éstos estiman que constituye su deber de clase ayudarse mutuamente en la lucha, y de este modo logran muchas veces hacer fracasar las huelgas obreras".
Sobre la segunda, la política ofensiva del consejismo y de las organizaciones revolucionarias en su interior, la experiencia acumulada era tan impresionante que en 1927 un colectivo de autores internacionales redactó el texto "La insurrección armada" bajo el seudónimo de A. Neuberg, obra de lectura obligada para comprender la totalidad de la problemática del consejismo antes de su victoria y transformación en Poder Soviético, y de las sucesivas fases organizativas, instancias autoorganizativa del proletariado, grupos y colectivos específicos de preparación interna, formas de coordinación, tácticas y estrategias, etc. Pero con estas reflexiones entramos en un campo de estudio que superar definitivamente los objetivos de este texto.
Sí queremos hacer referencia, para concluir este capítulo, al ascenso de la conciencia obrera desde 1914 en Gran Bretaña, que dio un salto en 1918 y que ascendió hasta llegar en 1925 poner en peligro la dominación burguesa con la reivindicación masiva del control obrero y la continuidad de la propia monarquía británica. Las razones que explican la derrota de la Huelga General de 1926 son muchas pero hay que reseñar las más importantes como, la extrema debilidad de los marxistas dentro del tradeunionismo, la fuerza del reformismo y su tarea pacificadora que se expresa en la declaración de Beatrice Webb de que la reivindicación del control obrero es una "perniciosa doctrina", la reorganización del poder burgués y, por último, el escaso apoyo de la URSS en los momentos cruciales, indiferencia que se explica por el ascenso del stalinismo.
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